
En este homenaje, el artista transforma una simple rueda de madera en un mosaico de colores vivos y formas geométricas. Rojos, azules y verdes se disponen en un patrón cautivador que evoca la obra de Carlos Mújica, maestro colombiano de la abstracción. A través de esta pieza, plantada en un muro de piedra y rodeada de hiedra, se crea un diálogo entre lo natural y lo artificial, entre lo vivido y lo creado. Esta obra no es solo un tributo, sino también una declaración del poder de la admiración para transformar e inspirar la creación. Concluye con la fuerza de un homenaje que resuena más allá de sus formas, en relación con la historia y la naturaleza.


