
Con un elegante equilibrio entre la madera y las figuras humanas esculpidas, esta pieza evoca la resiliencia de las necesidades humanas más básicas. Las siluetas negras, simples y crudas, contrastan con la textura orgánica de la madera, sugiriendo un regreso a las raíces. Aunque han pasado siglos, la imagen de una persona empujando a otra en un columpio nos recuerda que el juego y la conexión son constantes atemporales.
Esta obra invita a reflexionar sobre la permanencia de las esencias humanas: el deseo de jugar, relacionarse e interactuar. En un mundo que a menudo cambia a un ritmo vertiginoso, la artista nos lleva a un momento tranquilo pero profundo que trasciende las épocas.



